Un Padre amoroso escuchó mi clamor

La historia de Joan


Mujer caminando

Una mañana temprano de enero, hace unos 13 años, me apresuraba para ir a trabajar. Estaba caminando y de repente me encontré boca arriba, tirada en el suelo, mirando al cielo sereno, todavía oscuro, y viendo cómo la nieve me caía sobre el rostro. No había nadie alrededor y me quedé allí durante un minuto, preguntándome cómo iba a levantarme, ya que había caído sobre una placa de hielo. Oré y de algún modo conseguí levantarme y me fui caminando a trabajar. Sentía dolor, pero intenté ignorarlo, diciéndome que sólo había sido una caída, que no era tan importante.

Pero no fue sólo una caída. Sentía pulsaciones en la parte de atrás de la cabeza y un dolor intenso e indescriptible. Consulté a un médico, que me dijo que había sufrido una lesión traumática en la cabeza. Acudí a varios especialistas, pero ninguno de ellos consiguió averiguar exactamente por qué sufría fuertes migrañas y un dolor agudo, enorme y horrible en el lado izquierdo del rostro y en la nuca. La lesión me cegaba y ejercía presión sobre el cerebro, lo que provocó muchos problemas. Como sentía un dolor tan extremo, mi médico me prescribió muchos fármacos para el dolor y empecé a tomarlos.

Pasaron ocho meses. Rápidamente me volví adicta a los medicamentos para el dolor. Descubrí muchas formas de engañar para conseguir todos los medicamentos para el dolor que deseaba. Y así comenzó la terrible historia de mi adicción. Fui drogadicta durante ocho años. Tomaba cualquier pastilla que cayera en mis manos. Me sentía miserable a causa del dolor, los fármacos y las consecuencias que todo ello conllevaba.

Debido a mi adicción, perdí a mis amigos y mi empleo bien remunerado. Cambié varias veces de trabajo muy rápidamente. Perdí mi apartamento y tuve que vender todas mis posesiones. Mi vida tocó fondo completamente tres años después de convertirme en adicta, cuando perdí a mi hijo, que pasó al sistema de acogida familiar durante dos años. La pérdida de mi hijo y el dolor causado a mis padres fueron las peores consecuencias de mi abuso de las drogas.

Durante esa época, mis padres me acogieron en su casa y me amaron, pero sufrieron muchísimo. A pesar de su dolor, nunca me abandonaron. Sé que, de no haber sido por mi padre terrenal y nuestro Padre Celestial, no habría conseguido superar esta travesía. En una ocasión, dije a mis padres que ya no aguantaba más, debido a la miseria que me causaba el dolor de la lesión que había sufrido en la cabeza. Mi padre me dio una bendición del sacerdocio y, unos segundos después de la bendición, el dolor había desaparecido y pude pasar unos días sin dolor.

Cuando toqué fondo, sentí que mi vida estaba causando dolor e infelicidad a todas las personas que se cruzaban en mi camino. Intenté suicidarme en el trabajo y más o menos en esa época, llegó mi momento decisivo. El proceso de sanación a partir de ese momento duró dos años y todavía continúa cada día de mi vida. Cuando mi hijo estaba en el sistema de acogida familiar, hablé con él por teléfono y me contó por lo que estaba pasando. Llorando, me dijo que su vida no tenía sentido y estaba vacía; en ese momento tenía trece años. Afortunadamente, a pesar de las drogas, que yo consideraba espinas en mi mente, su corazón quebrantado y su dolor atravesaron mi cerebro repleto de espinas y finalmente, escuché su lamento y supe que yo tenía que cambiar.

Durante esa conversación le di una fecha de regreso a casa; le pedí que resistiera un año más. Él vivía en otro estado y no creyó que yo fuera a conseguirlo en un año; y no lo podía culpar por ello. Sin embargo, sucedió un milagro y regresó a casa justo antes de que transcurriera un año. Yo aún no estaba limpia, pero estaba en proceso de recuperación y me sentía mejor. Estaba siguiendo un tratamiento para mi adicción. Seguía tomando medicación para mis lesiones, con un control muy riguroso, pero ya no abusaba de los medicamentos.

¡Hace 5 años que estoy limpia! Desde entonces he obtenido una licenciatura y una maestría. Durante los últimos seis años he trabajado diligentemente para conservar un empleo a tiempo completo y a tiempo parcial. En la actualidad estoy trabajando en lo que soñaba: ser orientadora vocacional y maestra de inglés. Soy miembro activa de la Iglesia y he sido obrera de ordenanzas en dos templos.

Tras realizar personalmente los 12 pasos del Programa SUD para recuperarse de las adicciones, ahora soy facilitadora voluntaria del programa de 12 pasos en la cárcel estatal de Utah, además de realizar otras tareas voluntarias como maestra allí. Considero el Programa SUD de recuperación de 12 pasos parte de mis libros canónicos personales. Cuando empecé el programa, era como muchos otros adictos y sentía cierto escepticismo con respecto a la ayuda que el programa podría brindarme. Pero después de realizar el programa y de volverme más dispuesta a aprender, me di cuenta de que es un programa asombroso y fue entonces cuando empecé a valorarlo. Con frecuencia reviso los pasos y cuando necesito más fortaleza, sigo asistiendo a las reuniones de recuperación. La recuperación es algo cotidiano.

Han sucedido muchas cosas que no puedo compartir. Algunas experiencias sólo tienen significado para mí, otras son sagradas y otras, simplemente, no puedo compartirlas con palabras mortales. Lo que sí me siento inspirada a compartir y sobre lo que sí puedo testificar es la misericordia de nuestro Padre y de nuestro Salvador. ¡La Expiación es real! Se creó precisamente para mí y para ustedes. Estoy limpia. Soy una hija de Dios, mi Salvador conoce mi nombre y soy digna de presentarme ante Ellos. Durante mis noches largas y penosas, en las que sentí verdadero dolor, lloré de tristeza, gemí y oré en silencio para conseguir ser sanada. Mi Padre, nuestro Padre, escuchó mi clamor. Él me estaba preparando. Él tomó las debilidades que yo misma me había causado y las convirtió en mi fortaleza.