El don del perdón

La historia de Lorena


una mujer pensando

Sin saberlo, pasé décadas de mi vida viviendo con una persona adicta a la pornografía; primero con mi padre y después con mi esposo. Ambos eran aparentemente activos en la Iglesia y en su secretismo y engaño promovieron las opiniones, los comentarios y las acciones condescendientes con respecto a las mujeres en general y con respecto a mí en particular. El nivel de confusión, el sentimiento de traición y las cicatrices que sufrí en mi vida debido a esas dos situaciones no se pueden describir.

Cuando me casé con mi esposo, él acababa de regresar de una misión de tiempo completo que había servido fielmente y asistía al templo cada semana. Incluso con una conducta tan fiel, la forma de tratarme durante nuestro noviazgo, en ocasiones, no fue como debería haber sido. Más adelante me di cuenta de que, debido a la situación que viví en mi familia mientras crecía, yo creía que su comportamiento era normal y aceptable.

Tras sufrir durante años pérdidas de trabajo, mudanzas no deseadas y períodos de necesidades familiares no satisfechas debido a la adicción a la pornografía de mi esposo, llegué a darme cuenta de que necesitábamos un cambio. Con frecuencia había oído decir que uno se casa con su mejor amigo, pero yo había perdido esa amistad con mi esposo. Finalmente reconocí el engaño y la traición que había en mi matrimonio y me di cuenta de que un amigo de verdad no me trataría así. Durante esa época también empecé a sufrir violencia doméstica. Sabía que el crecer en un hogar en el que el matrimonio de mis padres se vio manchado por la adicción me había causado mucha confusión, dolor y dudas, así como repercusiones duraderas. Quería que mis hijas tuvieran una experiencia distinta a la mía, para que supieran lo que podían esperar y tener una vida mejor. El Espíritu me testificó que para mi familia era vital que me liberara de las cadenas de opresión que surgen de la pornografía tanto por mí misma como por mis hijos, divorciándome de mi esposo. Mis hijos eran la mayor motivación que tenía para salir de la situación en la que nos encontrábamos,

Sabiendo que lo que debía hacer suponía adentrarme en lo desconocido con niños pequeños (uno de ellos tan sólo un bebé) y sin un medio adecuado para mantenerme. Llevaba una década fuera del mundo laboral y una guardería costaba más de lo que podía llegar a ganar. Durante esa época de incertidumbre, me sentí fortalecida por la presencia y el consuelo del Señor en mi vida. Sé que el Padre Celestial puso a personas en mi vida que pudieron ofrecerme consuelo porque habían vivido experiencias similares. Aprendí a valorar y apreciar más que nunca mi relación con mi Padre Celestial.

Con el objeto de desarrollar cierto grado de comprensión y empatía por las adicciones, empecé a asistir a las reuniones del Programa SUD para recuperarse de las adicciones de 12 pasos. Al principio sentía rencor por los problemas que había sufrido en mi vida como consecuencia de las decisiones de otra persona. Sin embargo, al asistir a las reuniones del PRA, mi punto de vista cambió totalmente, porque vi el efecto de la Expiación en la vida de las personas que se estaban recuperando de adicciones. Aprendí que la Expiación es tan grande que consigue equipararse al dolor de la adicción y sanar a quienes sufren una adicción. Sentí ese mismo poder en mi proceso de sanación personal.

Después de trabajar con los pasos durante varios años, leer muchos libros de autoayuda y hablar con varios consejeros, mi obispo me aconsejó que empezara a participar en las actividades para solteros de la Iglesia. Encontré una clase para padres y madres que crían solos a sus hijos, a la que empecé a asistir. Y en esa clase conocí al hombre más maravilloso. Nos casamos y hemos dedicado estos últimos años a edificar una vida de amor, belleza, paz, prosperidad y diversión. Como él se ha protegido de la pornografía, puede amarme completamente, comunicarse eficazmente y ejercer su sacerdocio de forma honorable. Durante unos años, fue él quien casi siempre lavó los platos y la ropa para que yo pudiera obtener mi título universitario. Ahora tengo un empleo remunerado para ayudar a cubrir algunas de las necesidades de nuestra vida, a medida que todos juntos nos esforzamos por unir a dos familias.

Uno de los mayores dones que recibí durante esa época fue el don del perdón. Quería perdonar a las personas que me habían hecho daño en la vida, pero no sabía cómo hacerlo. Con la ayuda de recursos inspirados, empecé a aprender a perdonar. El perdón que ahora siento sólo es posible mediante la expiación de Jesucristo. El perdón es algo que creo que vine a la Tierra a aprender; aprecio ese aspecto de mis pruebas. Sé que el Padre Celestial ama a cada una de las personas de esta Tierra y reconozco que cada uno de nosotros debe recorrer su propio camino en ella.

Cambié como persona gracias a lo que aprendí de esta experiencia tan dolorosa. Soy una maestra distinta, una esposa distinta, una madre distinta, una amiga distinta.