No hay nada imposible

*La historia de Kacie


Una pareja, de la mano, caminando al atardecer

A los nueve meses de haberme casado con mi esposo, descubrí que él era adicto a la pornografía. Sumado al hecho de que había participado de ella durante nuestro noviazgo y compromiso, su conducta había afectado nuestro reciente y frágil matrimonio. Las palabras no alcanzan a expresar el enojo, el dolor y la traición que sentí al enterarme; sobre todas las cosas, sentía que me había tendido una trampa para que me casara con él. Debido a que nos habíamos casado en el templo, sentía que estaba atrapada en un matrimonio eterno con un hombre que no conocía y en quien definitivamente no podía confiar.

Nuestro obispo nos recomendó el Programa para la recuperación de adicciones específicamente para la adicción a la pornografía y nosotros accedimos a participar. El programa estaba organizado como una reunión grupal; al principio me daba mucha vergüenza asistir, especialmente cuando me di cuenta de que una de las mujeres que se encontraba en el grupo era una compañera de trabajo. Estos sentimientos comenzaron a disiparse a medida que iba estableciendo vínculos con otros miembros que luchaban con dificultades similares.

Al poco tiempo de comenzar el tratamiento, una mujer del grupo me llevó aparte y me sugirió enfáticamente que anulara el matrimonio antes de que llegáramos al inminente aniversario de un año. Me contó que su esposo había vuelto a caer repetidas veces en su adicción, incluso después de obtener ayuda; me contó además que sentía que no podía dejarlo, dado que tenía cuatro hijos a quienes cuidar. Me instó a anular el matrimonio para así evitar tener hijos y terminar divorciada. Medité mucho en sus palabras y estuve profundamente angustiada durante la semana siguiente. Después de conversar con mi presidente de estaca y tras mucha oración y meditación, decidí que estaba dispuesta a esforzarme por salvar nuestro matrimonio siempre que mi esposo también lo hiciera. Aunque estaba enojada con él, al menos me daba cuenta de que estaba dispuesto a cambiar.

Las cosas empeoraron antes de empezar a mejorar. El punto más bajo que recuerdo tuvo lugar cerca de cumplir nuestro primer año de casados, cuando mi esposo me preguntó si aún lo amaba y yo le respondí que, a decir verdad, no lo sabía. Los siguientes meses pasaron con episodios de profundo dolor y tristeza, épocas en las que me acosaban las pesadillas y la soledad. Muchas veces le rogué al Padre Celestial que me diera fortaleza para salir adelante.

Conforme fue pasando el tiempo y las cosas fueron mejorando, empecé a ser capaz de centrarme en unas cuantas valiosas verdades que aprendí y que me ayudaron en la recuperación:

  1. Es un mito el que las personas recurren a la pornografía cuando no están satisfechas sexualmente. Era tan grande el peso que sentía por creer que yo había conducido a mi esposo hacia la pornografía porque no lo había satisfecho de algún modo. La verdad es que la mayoría de las personas que tienen esas adicciones han cargado con ellas durante años, en muchos casos desde la niñez. La adicción ya estaba presente desde mucho antes que mi esposo me conociera y su decisión de participar en ella no fue en absoluto culpa mía.

  2. Es sumamente importante que los dos cónyuges busquen ayuda. Aunque yo no fuera directamente responsable de la conducta de mi esposo, mi actitud sin duda influía mucho en cómo enfrentábamos los problemas juntos. Me di cuenta de tantas cosas y cambié tanto mediante ese proceso que a menudo me pregunto si yo no me habré beneficiado más que mi esposo gracias a la terapia.

  3. Es muy útil tener ciertas protecciones, especialmente al interrumpir la terapia. Con mi esposo, fijamos muchas reglas estrictas en cuanto al uso de los medios de comunicación; con el tiempo, fuimos haciendo más flexibles esas reglas conforme sentíamos que era seguro y apropiado.

  4. Es necesario un esfuerzo sincero a fin de avanzar hacia la recuperación. El tener una actitud más abierta a los comentarios que las personas hacían sobre mí me permitió hacer los cambios necesarios a fin de mejorar mi matrimonio.

  5. Lleva mucho tiempo recuperarse. Incluso cuando la situación ya era más estable, me di cuenta de que aún albergaba un profundo resentimiento hacia mi esposo. Me enojaba cuando otras personas lo elogiaban y pensaba: “Si en verdad lo conocieran, no dirían cosas tan amables sobre él”. Para combatir esos sentimientos, empecé a llevar un registro de mi gratitud durante más de un mes; allí, cada noche, anotaba una cosa que demostrara la gratitud que sentía por mi esposo. A veces me parecía casi imposible escribir siquiera una idea en ese cuaderno. Ahora, disfruto de los elogios que recibe mi esposo y no me alcanzarían las páginas de un solo cuaderno para anotar todo aquello que admiro de él.

Aunque no sería capaz de describir cada paso que di a lo largo del proceso, lo que sí puedo decir es que nada es imposible por medio de Jesucristo. Le rogué que hiciera que mi matrimonio volviera a su anterior estado; sin embargo, Él lo llevó a un estado mucho más elevado. Llegué a estar más cerca de Él al ver a mi esposo cómo Él lo veía y al extender el perdón al mismo tiempo que reconocía que todos somos mendigos ante el Señor.

Actualmente mi esposo y yo llevamos cinco años de casados y tenemos una hija preciosa. Nuestro matrimonio es excelente y nuestra vida es hermosa y somos muy bendecidos. Ya no vivo con miedo; ya no siento rencor ni resentimiento al mirar a mi esposo. Únicamente mediante el Salvador es posible sanar de este modo. Él ha sanado mis heridas con Su gracia.

* Se ha cambiado el nombre.