Desde el interior del hombre hacia afuera

La historia de Dannielle


Una ventana iluminada por la que entra luz en un cuarto oscuro.

Comencé a consumir drogas como marihuana y metanfetaminas cuando era muy joven. Luego empecé a beber y debido a mis adicciones y a mis malas decisiones, estuve en prisión y en rehabilitación la mayor parte de mi juventud entre los veinte y los treinta años.

Sentía un enorme vacío en mi vida, que ni todo el éxito que lograra en el mundo podía llenarlo. Siempre anhelaba algo más, pero constantemente sentía ese vacío. Excluí al Padre Celestial y a la Iglesia de mi vida, y no era feliz.

Posteriormente, di un giro a mi vida. Me conservé sobria durante ocho años, mas luego tuve una grave recaída. Terminé en un lugar mucho de donde había estado. Comencé a consumir drogas en tal cantidad, que me hospitalizaron y casi morí. Mas ni aun eso pudo detenerme. Luego de pasar tres días en el hospital, consumí aun más drogas y alcohol. Perdí mi empleo, mi hogar y mis seres queridos. Todo lo que había logrado construir los ocho años anteriores, lo perdí en ocho meses. Y es que no podía cambiar mi estilo de vida de entrar y salir de prisión, consumir y vender drogas, mentir y robar. Hacía todo eso sin consideración alguna del dolor ni del daño que ocasionaba a los demás. Vivía el día a día pendiente sólo de mi próxima dosis. Estaba en la bancarrota moral.

Un día las misioneras tocaron a mi puerta y me dijeron que tenían tiempo sin verme por la Iglesia, y que habían venido para conversar conmigo. Dudé de su sinceridad, mas las dejé pasar. Aun cuando ellas no sabían que había estado buscando orientación para mi vida, ellas me hablaron de cómo hallar esperanza nuevamente y cómo orar para obtener guía. Esa noche, decidí probar su consejo y me arrodillé para orar. Hacía tiempo que no oraba con tal intensidad. No sabía exactamente qué tipo de ayuda quería o esperaba, pero oré para que hubiera algún tipo de intervención divina.

Al día siguiente, fui arrestada y enviada a prisión. Pasé más de un mes allí, haciendo acuerdos con abogados, jueces, familiares y el Padre Celestial. Tomé la decisión de mantenerme sobria y no volver nunca más a mi antiguo estilo de vida. A través de esta experiencia, el Padre Celestial me liberó literal y espiritualmente del cautiverio.

Al salir de la cárcel me reuní con mi obispo. Le dije que deseaba volver a ser miembro de la Iglesia. Seguí cada uno de sus consejos con la esperanza de encontrar sanación y restitución.

Al año siguiente asistí a un programa de rehabilitación ordenado por el tribunal, así como también al Programa para la recuperación de adicciones. En las inspiradas reuniones del PRA, hallé apoyo por parte de otros miembros que, como yo, también luchaban. A manera de apoyo adicional, me reunía con las misioneras regularmente y asistí a sesiones de terapia para ayudarme a superar algunos de mis problemas más personales.

Gracias a estos recursos, además de la asistencia regular a la Iglesia y al estudio constante de las Escrituras, comencé a sentirme menos vacía y más como una persona. Un día, mientras estaba sentada en la reunión sacramental, me invadió un fuerte sentimiento de paz. Supe que me encontraba en casa y que me hallaba donde debía estar. Todo saldría bien.

En todo ese proceso de reconstruir mi vida he aprendido humildad. He podido hacer reconciliaciones, en el ámbito legal y personal. He tenido que pedir perdón a muchas personas y he pagado mi deuda con la sociedad, pero ahora estoy en condiciones de dejar atrás mi pasado. Mediante el arrepentimiento, sé que se me ha perdonado.

El presidente Ezra Taft Benson dijo en una ocasión: “El Señor ejerce Su poder desde el interior del hombre hacia afuera. Por el contrario, el mundo lo ejerce desde afuera hacia dentro. El mundo trata de sacar a la gente de los barrios bajos; Cristo saca la bajeza social del corazón de las personas y ellos mismos salen de los barrios bajos. El mundo trata de reformar al hombre cambiando su entorno; Cristo cambia al hombre y éste cambia su entorno. El mundo trata de amoldar el comportamiento del hombre, pero Cristo puede cambiar la naturaleza humana” (“Nacidos de Dios”, Liahona, enero de 1986, pág. 2).

En la actualidad, no todo es perfecto en mi vida, pero me he conservado sobria y libre de drogas por casi tres años y vivo sin sentir desesperación. Creo que el Padre Celestial me conoce y nunca se dio por vencido conmigo; siempre ha sabido lo que yo necesitaba. Si el Padre Celestial puede sacarme de los rincones más sombríos y puede traer luz nuevamente a mi vida, Él lo puede hacer por todas las personas. Creo que el Padre Celestial ama incluso a los que están atrapados en adicciones. Él nos ama tanto como para siempre concedernos segundas oportunidades en la vida, si se lo pedimos.