Puedo tener la cabeza en alto

La historia de Brett


Un hombre ora arrodillado junto al sofá.

Mi historia de adicción comienza en mi adolescencia. Durante mis años de secundaria, me volví un joven increíblemente enojado. Mi mamá me había abandonado cuando era pequeño, yo vivía con mi padre y mi madrastra, quienes tenían sus propios problemas.

Ya de niño, sabía que no contaba con nadie. Pensé que aceptaba bien esa realidad; pero hubo muchas ocasiones en que sentí el dolor de la pérdida y la ausencia de la guía adecuada. Tenía trece años la primera vez que consumí drogas. Las drogas eran algo común en mi vecindario. No recuerdo cómo ni dónde conseguí la droga, pero recuerdo claramente la sensación. Quedé entumecido. No sentía nada. No pensaba en nada. Habían desaparecido todos los dolores. Era la sensación que había estado buscando toda mi vida. No pensaba en mi infancia ni en mis padres ni en mis faltas. Estos eran los sentimientos que buscaba ocultar, por lo que recurrí con frecuencia a las drogas y al alcohol para lograrlo.

Al graduarme de la escuela secundaria, la estructura de mi vida se debilitó. Quedé expuesto a las drogas más fuertes que están en las calles, las que me hicieron más adicto. Me quedé rápidamente sin dinero, por lo que incurrí en la delincuencia para poder conseguir el dinero que necesitaba. Cosas como estafar, robar, mendigar y pasar frías noches en las esquinas de las calles, llegaron a ser habituales. Finalmente, me arrestaron. Me acordé del baile de mi graduación, donde saqué la votación más alta en la categoría “mayor probabilidad de terminar en la cárcel”. Y ahí estaba yo. Sólo necesitaba 200 dólares para pagar la fianza y salir libre de la cárcel. Mi abogado regresó con la lista de nombres que le había dado, para decirme que nadie había querido ayudarme. Nadie. Fui sentenciado por mis crímenes y enviado a prisión. Mis adicciones me habían costado todo lo que me importaba.

Cuando salí de prisión, seguí mi espiral descendente, más solo que nunca. Finalmente, terminé recluido en un centro de rehabilitación, lejos de casa y de todas sus distracciones. Pasé allí casi un año para poder manejar todas las emociones profundas que se ocultaban detrás de mis adicciones. Aprendí sobre el amor, la disciplina, la aceptación y el perdón. Comencé a orar en silencio a Dios, haciéndole preguntas específicas acerca de mi vida. ¿Por qué? ¿Dónde estás Tú? ¿Por qué me otorgaste la vida sólo para sufrir tanto dolor? Cuando salí del centro, decidí que lo que más necesitaba era nutrirme espiritualmente.

Intenté regresar a la iglesia a la que asistía cuando era muy joven, pero no me sentí muy bien recibido. Unos cuatro meses después de haber salido del centro, tocaron a mi puerta; y el abrir esa puerta cambiaría mi vida para siempre. Dos hermanas misioneras llegaron a mi casa. El Señor me había preparado y yo estaba listo. Aprendí acerca de la importancia del arrepentimiento y del bautismo.

“¿De veras?”. Les pregunté. “¿Están seguras de que yo me merezco eso?”. No podía concebir la idea de que me pudiesen perdonar. Estaba muy ansioso por bautizarme y comenzar de nuevo, pero mis temores me intimidaban. Entonces, una de las misioneras me lo explicó muy sencillamente. Ella me dijo que al bautizarnos, Dios nos da un nuevo libro para comenzar otra vez y forjar una nueva vida.

Esa noche, me arrodillé y abrí mi corazón al Señor. Le conté todo: mis faltas, mis delitos, mis temores y mis esperanzas. Y luego, sólo lloré. Ese día me fue dado un corazón nuevo. Supe que me habían perdonado mis transgresiones. Ahora quería una vida nueva. Diez días después me bauticé.

Este año cumpliré 15 años de estar limpio y sobrio. Es el mayor regalo que me he dado a mí mismo. Creo que en cada persona existe el bien, pero algunas veces tienes que excavar un poco. Todos merecen una oportunidad de procurar el perdón y ser perdonados; Su gracia es suficiente. Si yo lo sigo y tengo fe, puedo vencer cualquier obstáculo. Yo sé ahora que en todas las épocas de mi vida que yo pensé que me encontraba solo, en realidad no lo estaba. Él estaba ahí, llevándome, sosteniéndome y secando mis lágrimas. Mediante el sacrificio expiatorio del Salvador, yo sé verdaderamente que todos los hombres que se aferran a Él y a Su misericordia podrán salvarse y tener la cabeza en alto en el último día.