La respuesta a una oración

La historia de Tory


Dos mujeres se dan un abrazo.

Por muchos años, me consideraba una consumidora de metanfetaminas “productiva”, porque podía trabajar y funcionar con algo de normalidad; pero eso pronto llegó a su fin.

Fui pasando de una adicción a la otra, entre otras, metanfetamina, crac y cocaína. Para obtener las drogas que quería, hacía cosas que normalmente no haría. Me sentía avergonzada y acongojada y sabía que necesitaba ayuda. Todavía me quedaban dos hijos pequeños que criar y tenía que rehacer mi vida para que ellos no pagaran las consecuencias de mis pecados.

Las decisiones que tomé nos pusieron en una situación muy precaria. El ambiente donde vivíamos en aquel entonces era extremadamente dañino, pero no sabía cómo salir de allí. Me sentía demasiado avergonzada como para pedir ayuda a mis familiares; no hubiera podido soportar sus juicios. Y tampoco podía contemplar la idea de perder a mis hijos. Sin ellos, yo no tendría ningún propósito. Pero el Señor, en Su misericordia y amor infinitos pudo hacer que viera un mejor panorama en 2008.

Acababa de tomar una decisión muy difícil. Había decidido salir del ambiente en que estábamos y me lancé a la calle, sin saber lo que pasaría. Hacía frío y traté de acurrucar a mis hijos detrás de la mochila en la que había puesto algo de ropa y unos juguetes. Habíamos dejado atrás prácticamente todo. Tras protegerlos un poco de la intemperie, miré al cielo e hice una oración. En ese momento, me sentía vacía y sin alma. Muy dentro de mí sabía que no contaba con la fortaleza para volver a empezar, ni para vencer mi adicción. Pensé sobre cómo había arruinado mi vida y había puesto a mis hijos en esta terrible situación. Ellos no se lo merecían. Por mi culpa, ellos habían perdido el sentido de seguridad que tanto necesitan los niños.

Lo único que se me ocurrió hacer, fue ofrecer una oración de entrega. No le pedí nada a Dios, tan sólo dije: “Señor, aquí estamos. Lo que vaya a ocurrir, que así sea. Haz que estemos donde quieras que estemos”. Sé sin ninguna duda, que si no hubiera acudido al Señor aquel día y si no hubiera estado en el punto más bajo de mi vida, en lo emocional, mental y físico, yo habría resultado aniquilada. Mi mundo hubiera llegado a su fin y se hubiera producido mi muerte como resultado de mi adicción. También habría perdido a mis hijos. Sé que si no hubiera extendido mi mano para tomar la que el Padre Celestial me extendía, yo me hubiera perdido para siempre. Me sentía despreciable, pero al permitirle al Señor el control, todo encajó perfectamente en su sitio.

Unos instantes después, mi oración fue contestada, como evidencia del amor, la misericordia y la compasión genuinos que sólo nuestro Salvador puede dar. Un matrimonio en su auto se detuvo al lado de nosotros y preguntaron si podían llevarnos a alguna parte. Obrando como instrumentos en las manos del Señor, ellos nos llevaron a su casa, permitieron que nos aseáramos y nos dieron un lugar calentito para dormir. Nos animaron a permanecer con ellos hasta que pudiéramos sostenernos a nosotros mismos. Eternamente estaré agradecida a mi Salvador, que no sólo conservó unida a mi pequeña familia, sino que retiró de mí las ansias de todas las drogas ilícitas.

A los tres meses, ya tenía un empleo de tiempo completo, mi propio apartamento y un auto. Volví a la actividad en la Iglesia, tras haber dejado de asistir por varios años. Al poco tiempo, mis hijos se bautizaron en la Iglesia. En la actualidad, sirvo fielmente en varios llamamientos y soy una facilitadora en el Programa para la recuperación de adicciones. Nunca podría haberme imaginado que mi vida sería tan maravillosa como lo es ahora. Aunque parece que he perdido mucho, realmente he sido bendecida mucho más de lo que jamás me hubiera imaginado.

El presidente Thomas S. Monson dijo una vez: “Nunca permitan que el problema que se tenga que resolver llegue a ser más importante que la persona a la que se tenga que amar” (“Encontrar gozo en el trayecto”, Liahona, noviembre de 2008 pág. 86). Mi Salvador me mostró hasta dónde Él es capaz de llegar y cuán abajo Él puede extender Su mano, sólo para salvarme. ¿Por qué? Porque Él me amaba aún en mi adicción y porque yo soy así de importante para Él.